De River Plate hay datos que incluso trascienden a quienes no siguen el fútbol: su dominio histórico en la Primera División, su identidad ligada al juego elegante y su papel como semillero de figuras. Pero más allá de los títulos y estadísticas, existen historias fundacionales que explican algo más profundo: cómo nació el vínculo emocional entre el club y su gente.
En Este es el famoso River, el periodista Andrés Burgo reconstruye esos relatos mínimos que, con el paso del tiempo, se volvieron gigantes. Entre ellos, destaca uno en particular: el de Catalina Calamita, considerada la primera hincha del club.
Un flechazo en los Bosques de Palermo
La historia se remonta a 1908. Catalina, una inmigrante italiana de 26 años que vivía en La Boca, salió a pasear por los Bosques de Palermo sin saber que su vida cambiaría. Ese día, River Plate disputaba un partido clave ante Racing Club por el ascenso.
El resultado fue una victoria 2-1 que desató la celebración. Pero lo más importante ocurrió en las tribunas: Catalina descubrió el fútbol y, sin planearlo, también encontró una causa. Dos semanas después regresó, esta vez como hincha. River volvió a ganar, ahora 7-0, y selló su ascenso. Catalina también selló su destino: desde entonces, sería incondicional.
Una pasión sin filtros
Décadas más tarde, en 1935, Catalina fue entrevistada por el mítico periodista Borocotó para la revista El Gráfico. Su testimonio, cargado de cocoliche —mezcla de italiano y español—, revela una pasión visceral.
No solo seguía al equipo a todas partes, también defendía sus colores con intensidad. En una ocasión, tras una derrota ante Independiente, reaccionó a las burlas de una rival con un episodio que quedó en la memoria: la golpeó con su cartera en plena tribuna.
Catalina no tenía medias tintas. Su vida giraba en torno a River. Sin familia cercana, volcó todo su afecto en el club. Como describió El Gráfico, era su único amor.
Machín, el hincha dentro de la cancha
En paralelo a Catalina, otra figura encarnaba el espíritu riverplatense desde adentro: Aureliano “Machín” Gomeza. Llegó al club en 1912 como jugador, aunque su talento no lo llevaría lejos en la cancha. Su lugar estaba en otro lado.
Se convirtió en acompañante, confidente y luego masajista del plantel. Era uno más: posaba en las fotos, viajaba con el equipo y celebraba los triunfos como si jugara. Su cercanía con figuras como Ángel Labruna o Adolfo Pedernera lo volvió una pieza emocional clave del vestuario.
Tan querido era que, en 1942, tras un título en cancha de Boca Juniors, los jugadores lo levantaron en andas, por encima de los goleadores.
Un legado que trasciende generaciones
La influencia de Machín incluso llegó fuera del fútbol. En sus últimos años regaló una guitarra a un niño del barrio que frecuentaba el club. Ese niño era Luis Alberto Spinetta, quien más tarde se convertiría en uno de los grandes íconos del rock argentino.
Así, entre tribunas y vestuarios, entre carterazos y guitarras, se fue tejiendo una identidad que excede lo deportivo. Catalina Calamita y Machín Gomeza representan el origen de algo intangible pero poderoso: el sentido de pertenencia.
Porque antes de los campeonatos y las glorias, River Plate necesitó hinchas. Y en esa historia, la primera fue una mujer que, por azar, un domingo cualquiera, encontró en un partido de fútbol el amor de su vida.
