Redacción
En Tepito el futbol es memoria, rito y leyenda, una costumbre que ha crecido entre escombros y suelas gastadas y que llega al Mundial 2026 como un latido colectivo a través de la exposición Tepito en la cancha en la Galería José María Velasco.
Allí, una franja de tierra fue transformada por manos vecinas en una cancha improvisada a la que le pusieron el nombre de uno de los hijos del barrio, Manolete Hernández, pero después se conoció como el Maracaná de Tepito. Fue bautizada a partir de dos relatos: uno que asegura que la Selección de Brasil jugó allí, otro que jura cuenta que fue Pelé quien pisó ese pasto. Ambas versiones conviven en la misma devoción, porque en Tepito la verdad se arma con memoria popular.
Este relato lo ofrece Luis Miguel León, director de la Galería José María Velasco quien, al escuchar las historias de los vecinos, accedió a reunir en una exhibición esta memoria invaluable, la cual considera que debería quedar impresa en un libro.
León alude los testimonios del día en que la Selección de Argentina jugó en el Estadio Azteca, en el Mundial de México 1986, con camisetas pirata compradas en Tepito, adquiridas 48 horas antes de que se enfrentara a Inglaterra, porque la FIFA le pidió jugar con jersey de visitante y no había.
Lo increíble, se detalla en la exposición, es que con esas camisetas pirata, Diego Armando Maradona y su equipo levantaron la copa del mundo al derrotar a Inglaterra con el “gol de la mano de Dios”. Esa playera la intercambió el ídolo argentino con el mediocampista inglés Steve Hodge, quien en 2002 la puso a la venta a través de la aasa de subastas Sotheby’s por 5.64 millones de dólares que fueron pagados por un comprador anónimo.
“Esta anécdota resume la inventiva del barrio: frente a la necesidad, se crea; frente a la ausencia, se replica el sueño con hilo y tela. Hoy, en la Galería José María Velasco, esas historias dan vida a las leyendas que no se guardan en vitrinas, sino que se transmiten de boca en boca”, dice León.
Reliquias del barrio
La exposición Tepito en la cancha, precisa León, presenta piezas y reliquias (como balones de cuero curtido por décadas o tacos remachados con clavos) bajo una cápsula del tiempo, pues muestran cómo los jugadores acababan con los pies destrozados.
Hay fotografías y camisetas conservadas como talismanes que cuentan vidas enteras, las del equipo Casablanca de veteranos, pero también las vivencias de niños y jóvenes que siguen jugando cada domingo en el Maracaná.
Más que recordar anécdotas, esos objetos son testigos de una comunidad que transforma el festejo, refiere el director de la galería: “El Maracaná local nació del escombro al lado de la iglesia de san Francisco de Asís, fue levantado por vecinos que tiraron piedras y barro para abrir un terreno donde jugar. Ahí, en esa franja verde entre casas, hubo partidos con zapatos deportivos que usaban clavos en la suela para no derraparse, golpes de oficio y risas que desafían cualquier estigma que la ciudad quiera imponerles.
