Le dan dos medallas de plata olímpicas dos años después de morir

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El estadounidense Steven Holcomb fue un deportista legendario en su especialidad: el muy minoritario bobsleigh, una disciplina consistente en deslizarse lo más rápidamente posible por un trineo que alcanza velocidades vertiginosas en una pista de hielo. Competía tanto en la modalidad de dos tripulantes como en la de cuatro y estaba considerado uno de los mejores pilotos del mundo. En su palmarés había tres medallas olímpicas de invierno, una de ellas de oro, además de numerosas victorias en la Copa del Mundo y en los Campeonatos Mundiales, que en este caso son dos pruebas separadas. Posiblemente su palmarés habría podido incrementarse de no ser porque en mayo de 2017, a los 37 años y todavía en activo, se le encontró muerto en su habitación de la residencia olímpica de Lake Placid (cerca de Nueva York), según se cree, por una combinación fatal de alcohol y pastillas para dormir.

Ahora, dos años después de su fallecimiento, ha habido que corregir y actualizar su palmarés. Sigue teniendo tres medallas olímpicas, pero, aparte de la de oro (de Vancouver 2010), las otras dos ya no son de bronce, sino de plata. Ambas las ganó en los juegos de Sochi 2014, pero en noviembre de 2017 el Comité Olímpico Internacional decidió descalificar a varios competidores rusos que habían dado positivo en controles antidopaje. Entre ellos estaba Alexandr Zubkov, que había logrado el oro en ambas pruebas: en la del vehículo de dos plazas y en la de cuatro. Por tanto, al quedar eliminados los soviéticos, todos los demás avanzaban una posición en el medallero y los estadounidenses pasaban del tercer puesto al segundo.

El proceso se ha alargado porque Zubkov reclamó al Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS), que denegó su recurso en 2018, y también ante los tribunales ordinarios de Rusia. Ahora se han agotado todas las vías legales y ya se puede confirmar que Holcomb y sus compañeros merecen la medalla de plata. Así lo hizo saber mediante un comunicado el Comité Olímpico de los Estados Unidos, que hará entrega de la presea a los familiares en una fecha por determinar.

El acto será indudablemente muy emotivo, pero quedará bastante deslucidotanto por la ausencia trágica de uno de los protagonistas como por la tardanza: los deportistas tendrán su reconocimiento debido cinco años después de los hechos. El primer motivo es muy llamativo, aunque por desgracia inevitable, una jugarreta del destino que ha querido ser así de caprichoso y malvado. Pero contra el segundo sí se debe, y se puede, luchar.

Porque no es la primera vez que ocurre una situación parecida en los últimos años, ni probablemente sea la última. Aquí en España lo hemos vivido, por poner un ejemplo, con Lydia Valentín. La levantadora de pesas leonesa acabó cuarta en la competición de halterofilia de Londres 2012, pero en 2016 se descubrió que las tres primeras (una kazaja, una rusa y una bielorrusa) estaban dopadas, así que, de repente, pasó a corresponderle la medalla de oro, que entre recursos y burocracia varia no se le pudo entregar hasta el pasado mes de febrero. Una situación parecida vivió la propia Lydia en Pekín 2008, donde fue quinta, pero por los análisis positivos de tres rivales que quedaron por delante de ella se le adjudicó la plata… que se le entregó a primeros de 2018, casi una década después. El atleta Manolo Martínez, especializado en lanzamiento de peso, también recibió el bronce olímpico de Atenas 2004 nueve años después, tras la descalificación del ucraniano Bilonog.

No es solo cuestión de que le arruinen la fiesta a quien realmente se lo merece. Es el daño psicológico que se le hace a un deportista que, tras cuatro años de esfuerzos durísimos y entrenamientos intensivos, ve que le adelanta alguien que no cumple con las normas y que, cuando se quiere poner remedio a la situación, ya es demasiado tarde y posiblemente no pueda continuar con su carrera. Es, también, el dinero que deja de ganar en concepto de patrocinios (no es lo mismo promocionar al campeón olímpico que al cuarto o el quinto) o, en el caso de países como España, de becas y subvenciones que dependen, entre otros factores, de los resultados.

El perjuicio es evidente; por eso, se debe exigir a las entidades implicadas (Comité Olímpico Internacional, Agencia Mundial Antidopaje, TAS, etcéteras varios) que adopten las medidas oportunas. Que se invierta más en desarrollo tecnológico, se faciliten más recursos y se sea más riguroso en los controles para que sea más sencillo detectar a los tramposos. Si no se consigue, porque una de las características de los malos es que siempre van dos o tres pasos por delante de los buenos, al menos se debería reducir al máximo el papeleo para que los procesos no se alarguen tantos años y el daño sea el mínimo posible. Otra opción es dejarnos de medias tintas, asumir que el dopaje es inevitable y optar por la legalización regulada, como quizás se debería hacer con todas las drogas, pero ahí nos metemos en otras discusiones, con implicaciones morales, que requieren un debate más largo e intenso.