A Daniele De Rossi no le gusta la exposición. No tiene Twitter ni Instagram. Mucho menos Facebook. En Italia dicen que ni siquiera usa WhatsApp, o al menos que no cuenta con uno público. «Lamento esta conferencia de prensa porque aleja la atención del partido que deben enfrentar compañeros», son unas de sus primeras palabras como jugador de Boca. Qué tal, benvenuto…

La caricatura del tano enfermo que se cruzó medio mundo para hacer un safari por Argentina duró hasta esta multitudinaria presentación. «En estos dos meses dijeron que mi familia estaba aterrorizada por venir y no es así. Si no hubiese educado a mis hijos para vivir en un lugar donde lo hacen 15 millones de personas, sería un error», expresó, casi como una respuesta a esos memes racistas que enseguida circularon por las redes sociales.

De Rossi es un futbolista de excelencia que vino a terminar su carrera como tal. Habló de seriedad, de organización, de profesionalismo y de estímulos: «Quiero jugar al fútbol, nada diferente». No hay tribuneadas, más allá del reconocimiento a los hinchas que lo recibieron en Ezeiza. No las necesita. «La mejor manera de agradecerles es ser comprometido en mi trabajo y demostrar que hicimos -nótese la utilización de la primera persona del plural- una buena elección».

Este es el jugador que trajo Nicolás Burdisso. ¿Loco? Un poco y nada más.