En las últimas horas parece que la opción de Antonio Conte como próximo técnico del Real Madrid va cayendo enteros, justamente por ser conocido como un sargento de hierro, que llegaría a poner orden en un vestuario que, parece, se ha hecho con el control del club y se ha comido al último entrenador que por allí pasaba.

En este caso se llamó Julen Lopetegui, pero podría haber sido cualquier otro. Cualquier otro sin la suficiente personalidad para imponer sus criterios como el mandamás de un equipo que está a merced de lo que quieran Sergio Ramos y sus muchachos.

El capitán blanco, tras la enésima debacle de la temporada –la más dolorosa por abultada y por ocurrir contra el gran rival merengue– sacó los puños en zona mixta y aseguró que, de llegar Antonio Conte al banquillo blanco, el italiano debía hacerlo sabiendo a qué atenerse. “El respeto en un vestuario se gana, no se impone”, dijo desafiante Ramos. Una interesante reflexión de un futbolista que jamás permitiría pasar por el banquillo ni verse superado por un compañero que estuviera en mejor momento que él, a pesar de que minutos antes una fanfarronada suya supuso el 4-1 y el clavo final en el ataúd de Lopetegui como técnico blanco.

Pero, ¿por qué no funcionan los técnicos con mano de hierro en el Real Madrid? Desde tiempos inmemoriales, en Madrid siempre han gustado más los entrenadores que comprenden y apaciguan los egos de sus jugadores, que los que les exigen y les imponen reglas. Por no irnos muy lejos, recordaremos que al vestuario siempre le gustó más Beenhakker que Boskov, Toshack que Antic, Valdano que Floro, Schuster que Capello, Ancelotti que Mourinho, Zidane que Benítez, y así y un largo etcétera.

No es coincidencia entonces que las siete Champions Leagues que ha ganado el Real Madrid en color hayan sido con técnicos de “perfil bajo”, amigos de los jugadores, grandes diplomáticos. Jupp Heynckes, quien confesó a Lorenzo Sanz que el vestuario le había superado, cedió a los deseos de la conocida como la “Quinta de los Ferraris” y se mantuvo en el puesto para traer la Séptima a Chamartín.

Luego Vicente Del Bosque ganaría dos títulos más con la concordia como bandera. En una charla con ejecutivos de Google en 2011 en Madrid, el exseleccionador campeón del mundo comentó un caso muy claro de su etapa en el Real Madrid y de su forma de manejar el vestuario.

“Teníamos a un jugador como Geremi, que era la alegría de la huerta. Hablaba cuatro o cinco idiomas, siempre estaba feliz, se sentaba a desayunar con los cracks o con los canteranos por igual, y a todos les sacaba tema de conversación. Era un gran amigo de todos en el vestuario y hacía piña. Para nosotros era importantísimo”, comentaba Del Bosque. “Por eso, aunque no fuera de los mejores técnicamente, siempre que tenía oportunidad de ponerlo de titular lo hacía, ya fuera en Copa del Rey o en semis de la Champions League. Su vínculo con la plantilla era extraordinario y todos corrían más para ayudar a Geremi”.

Pocos entrenadores de los llamados “sargentos” se pararían a ver lo que un personaje como Geremi podría aportar al grupo, como hicieron Del Bosque y su equipo. Concesiones que alimentan al grupo y que, en este caso, llevaron al éxito.

Tras Del Bosque, el Real Madrid navegó más de una década por el desierto y serían otros dos hombres tranquilos, exjugadores, con galones de sobra y buena dosis de mano izquierda, los que devolverían al club a lo más alto a nivel competitivo. Carlo Ancelotti y Zinedine Zidane supieron entender a los jugadores y ganárselos, negociando cuando era necesario, pero imponiendo su criterio cuando también lo ameritaba.

Julen Lopetegui, sin embargo, no pudo jamás imponer una sola de sus ideas, más allá de convencer a los delanteros durante varias semanas de presionar con ahinco a la defensa rival. Como muestra un botón: El vasco decidió no concentrar a su equipo tras venir de una racha de tres partidos sin marcar ni ganar para disputar un partido a la una de la tarde contra el Alavés. El equipo perdió y todos las culpas recayeron sobre el técnico. ¿Se hubiera ganado de haber concentrado al equipo? Lo más seguro es que ese hecho concreto no hubiera cambiado nada absolutamente, pero al menos el entrenador hubiera hecho su trabajo ante una situación que claramente se le estaba escapando de las manos.

Ahora que el vasco enfila el túnel de salida, se vuelve a hablar de la necesidad de fichar a un hombre con mano dura. Es la visión cíclica de Florentino Pérez, que en lugar de apostar por un modelo y darle tiempo, va dando bandazos “estratégicos” como si estuviera manejando el club a imagen y semejanza de sus empresas: intentando demostrar cintura, tranquilidad y capacidad de reacción ante sus accionistas –en este caso, los socios.

Se rumoreó que Antonio Conte era la opción preferida, por su consabida rectitud a la hora de manejar al vestuario, pero parece que han sido los propios pesos pesados los que han dicho que por ahí no pasan. No quieren que se vuelva a repetir el escenario que se vivió en 2015 con Rafa Benítez, de quien se dice perdió el respeto de Cristiano Ronaldo cuando intentó corregirle la posición del cuerpo al lanzar una falta en un entrenamiento.