Da miedo: así le quedó la cara a este boxeador tras un combate

Box y Lucha

A riesgo de caer en el tópico, no exageramos si decimos que el boxeo es durísimo. De hecho, algún estudio dice que es el deporte de contacto más peligroso para la salud, incluso por encima de otras disciplinas que a priori podrían parecer más arriesgadas como las artes marciales mixtas o el muay thai. A largo plazo puede causar daños cerebrales graves; la Asociación Americana de Cirujanos Neurológicos determinó que cerca del 90% de los púgiles profesionales acababan desarrollando lesiones cerebrales.

Pero aparte de los daños que no se notan más que a largo plazo, también hay destrozos más visibles. Puede dar fe de ello el combatiente británico Scott Fitzgerald, quien, a sus 27 años, logró el pasado sábado en Liverpool el Campeonato Internacional de la WBA (un título que está un par de escalones por debajo del de campeón del mundo) en categoría superwelter, es decir, entre 66,7 y 69,9 kilos, tras derrotar al también inglés Anthony Fowler.

De la intensidad del combate da idea que, tras diez asaltos, Fitzgerald ganó por decisión no unánime: dos jueces puntuaron a su favor, mientras que el tercero consideró que había vencido su rival. El intercambio de golpes fue tan constante como brutal. Y aparentemente Scott había acabado la pelea más o menos en buenas condiciones, con apenas un pómulo un poco inflamado. Pero algunos días después se vio la verdadera magnitud de lo ocurrido en esta foto que ha compartido en Twitter su promotor, Eddie Hearn.

Se espera que estas heridas no revistan más gravedad que las marcas que le puedan quedar en la piel y que Fitzgerald pueda volver pronto a pelear. De hecho, ya ha retado a otro púgil de su país, Ted Cheeseman, para luchar en el futuro. Scott quiere seguir con su muy prometedora carrera, en la que cuenta por victorias todos y cada uno de sus 19 combates desde que es profesional, nueve de ellas por KO.

En las redes muchos usuarios se han conmovido por el esfuerzo realizado por los luchadores, felicitándoles a ambos (aunque especialmente al vencedor) por la gran calidad del espectáculo ofrecido. Sin embargo, también se ha recuperado el debate sobre lo sensata, o incluso civilizada, que puede ser una competición deportiva basada en causar el mayor daño posible al rival. En este sentido, es conveniente recordar que existe un reglamento, con un árbitro encargado de aplicarlo, y se da por hecho que los que se suben al ring lo hacen de forma voluntaria y consciente de lo que les puede ocurrir.

Porque por supuesto, los boxeadores son muy conscientes de los peligros. Nos lo cuenta César Cepeda, que fue púgil profesional y hoy dirige una escuela en Móstoles (Madrid). “Ni las manos están hechas para pegar ni la cabeza para recibir golpes; las mayores lesiones son en las manos, se producen un montón de fracturas, y también en la nariz. Los golpes en la cabeza son peligrosos, ha habido casos de coágulos, de gente que entra en coma”. No obstante, apunta también un riesgo insospechado: la deshidratación. “Se hace para controlar el peso en las últimas semanas antes de los combates. Pero el cerebro también se deshidrata, está mucho más sensible, y los golpes afectan mucho más. Ha habido algún boxeador que ha llegado a morir”.

En cuanto a la mayor preocupación de cara a la opinión pública, las lesiones cerebrales, Cepeda apela a la responsabilidad de cada uno. “Hay que saber cuándo tienes que parar, lo que pasa es que hay muchos boxeadores que no lo saben. Se les nota en la mirada, en el brillo de los ojos: se dice que están filtrados, que a la mínima que les den dos o tres golpes caen rápido a la lona porque pierden el equilibro, porque pueden tener lesiones en el oído. También se nota que se atrancan mucho al hablar. Ese es uno de los mayores problemas, porque esa degeneración del cerebro es irreversible”.