septiembre 29, 2020

RK Deportes

La Cima del Deporte

A 36 años de la Guerra de Malvinas: cuando el fútbol fue lo que menos importó

El bombardeo se escuchaba cada vez más cerca. Era sólo una cuestión de tiempo para que llegara la orden de retroceder, alejarse del peligro. Pero el tiempo se estiró. Los minutos pasaban demasiado lentos en el desnivel del terreno que ocupaban en la compañía A, uno de los puntos más cercanos a los soldados ingleses, que ya habían tomado los montes Tumbledown y Wireless Ridge. Hacía mucho frío, como todas las noches. Intentaron armar un cigarrillo con yerba, lo único que les quedaba. Ni siquiera eso. No se podía hacer fuego para no delatar la posición. A lo lejos, donde estaba la trinchera de un suboficial, escucharon que la Selección argentina había perdido ante Bélgica, por 1-0. Hugo Robert amaba el fútbol. Pero no pudo concentrarse en ese resultado, tampoco en la voz intermitente del locutor de radio Colonia. Cuando, al fin, llegó la orden de replegarse, sólo se compenetró en correr. No miró hacia atrás. Dejó en el camino a su compañero de trinchera, a su amigo del alma, Rolando. Lo iba a ver unos minutos más tarde con una enorme herida en la espalda, la cola y las piernas. Le había caído una bomba muy cerca.

Luis Escobedo pesaba 15 kilos menos y tenía principio de congelamiento en los pies. Ya no se imaginaba que podía volver a ser parte del plantel superior de Los Andes, donde había hecho todas las Inferiores. Lo único que quería era que llegaran los ingleses a su posición. Que lo mataran. O que él los matara a ellos. Pero terminar la espera. Disparar el tiempo y enterrarlo. Tumbar al frío, al hambre y, principalmente, al miedo. Como Hugo, escuchó desde una radio -Spica- que el equipo de Menotti había jugado mal. Ni siquiera sabía que ya se jugaba el Mundial. Era el 13 de junio de 1982, un día antes de la rendición. «Ah, ¿estos hijos de puta viajaron? Y nosotros acá cagándonos a tiros y de hambre», pensó. Los montes Dos Hermanas y Harriet también eran posiciones perdidas. Los soldados, los chicos, sabían que se venía lo peor. Los ingleses querían terminar la guerra. Ellos también deseaban que llegara el final.

Pensaba mucho en el fútbol. Su papá le mandaba recortes del diario El Día, de La Plata. Dirigido por Carlos Bilardo, Estudiantes jugaba bien, se perfilaba para dominar otra vez el torneo argentino. Juan Colombo no tenía dudas: si sufría algún tipo de lesión que lo obligara a colgar los botines, prefería no volver de las Islas Malvinas. Tenía 19 años y era uno de los preferidos del Narigón, el director técnico que lo había subido a entrenar con el plantel superior. Pero, el 1 de mayo, cuando cayó la primera bomba, dejó de pensar en el fútbol. Su única preocupación era salvarse. Su miedo ya no era lastimarse una pierna. Era no volver a ver a su familia.

Ya era de noche hacía un tiempo. El sol saldría recién a las 8.30 o 9. La oscuridad parecía infinita. El único momento en el que arriesgó de más fue cuando dejó su posición para acercarse a una radio que transmitía el partido de Argentina, el primero del Mundial. No llegó a escucharlo todo. Una bomba que explotó cerca lo hizo volar algunos metros. Quedó inconsciente, pero se recuperó. Unos días más tarde, el 18 de junio, cuando la guerra había terminado, los ingleses escribieron en una pizarra del barco Canberra, donde trasladaban a varios soldados argentinos, que el conjunto de un joven e inmaduro Maradona le había ganado 4-1 a Hungría. Algunos de sus compañeros robaron unos vinos de un depósito y festejaron un triunfo que les significaba un aire de felicidad. Llegó a su país. Primero, Puerto Madryn. Después, Córdoba. Pero a Edgardo Esteban también le irrumpió el momento en el que el fútbol le pareció nada. Quería llegar a Buenos Aires. No le importó que ese día, 23 de junio, Argentina jugaba con El Salvador, por el Grupo C de la Copa del Mundo de España. Se metió en un micro. Y sólo pensó en el abrazo que le daría a su mamá, Isabel.

Ninguno tenía más de 20 años. Ninguno se imaginó que formaría parte de una guerra en la que morirían 649 argentinos. Ninguno sabía disparar un arma. Ninguno olvidó que, en un momento, el único sentimiento era el miedo y la única necesidad, salvarse la vida. Todo el resto dejó de existir.

La locura invadía a la Argentina. El Gobierno Militar daba a conocer a su pueblo que el país ganaba la guerra. La sociedad no parecía preguntarse demasiado. River y Boca discutían seriamente sobre la posibilidad de jugar un amistoso en Malvinas para elevar la moral de los soldados. «Creo que es un deber patriótico de los dirigentes alegrar a nuestros muchachos en las islas», dijo el presidente de Boca, Martín Benito Noel. El domingo 13 de junio, el día que se produjo el ataque más feroz de los ingleses, las tapas de los diarios argentinos se dividían en tres temas: la visita del papa Juan Pablo II, la «tenaz resistencia a un avance británico» en las Islas y el debut del equipo de Menotti en el Mundial.

«Muchos excombatientes se refieren a lo que fue el frío y el hambre, pero yo estaba muy bien físicamente, impecable. Perdí 14 kilos, pero me sentía bien. El problema era más mental. Entre la incertidumbre, la angustia y la ansiedad, te comía la cabeza…vos querías que empezara todo ya. Si te tocaba salvarte, bien», dice Juan Colombo a Goal. Era un delantero de área, rápido y goleador. Tenía personalidad. Solía aparecer en los momentos en los que era preciso mostrarse. Se tenía fe. Quería ser jugador de fútbol y su sueño estaba encaminado: era uno de los juveniles favoritos de Bilardo.

«El peor bombardeo fue a la misma hora que cuando jugaba Argentina. Era cubrirse como se podía. Nos cayeron morteros cerca y nos escapamos. Alguien nos contó en el revoleo… se decía que Argentina jugaba el Mundial…», agrega.

Ya en el Canberra, con la guerra terminada, los ingleses le mostraron una portada del diario The Sun con Villa (Julio). Colombo le pidió el recorte a un soldado británico que solía visitar a los argentinos a sus camarotes:

-¿Cuánta plata les pagaron por pelear en Malvinas? – le preguntó el británico.

-Nada.

-¿Y por qué pelean?

-…No sé… por la patria.

Todavía conserva el recorte:

Tenía nueve kilos menos, pero Colombo llegó de la guerra sin ninguna lesión grave. Cumplía 20 años y no quedaban muchas opciones: en diciembre, le tenían que hacer un contrato o dejarlo libre. Estudiantes lo quería y le solicitó a la AFA una prórroga para determinar si estaba para jugar o no. Pero la respuesta fue negativa. Un ‘no’ que representó un símbolo para muchos excombatientes: justo después de la guerra, buena parte de la sociedad argentina les dio la espalda.

Después de superar una hepatitis, debutó en Primera. Jugó bien. Pintaba para cosas prometedoras. Hasta que una rotura de ligamentos lo dejó afuera. Volvió varios meses después. Jugó en Ferrocarril Oeste de General Pico y estuvo cerca de pasar a Logroñés, de España. Pero la rodilla ya no respondía. Dejó de jugar a los 26.

De los consultados por Goal, Edgardo Esteban, el autor del libro Iluminados por el fuego, que luego se hizo muy popular por la película de Tristán Bauer, es el único que deja en claro que el fútbol fue su salida de escape. «Yo no puedo juzgar al equipo argentino por haber ido al Mundial. Todos tenemos eso… podés estar en un velorio o internado en un hospital y estar pendiente de un partido de fútbol. Mi única cuota de locura fue por el partido de Argentina, que me desesperé por escucharlo y me agarró una onda expansiva producto de una explosión», dice. Recuerda el relato del Gordo Múñoz, un famoso periodista argentino que había sido el símbolo comunicacional del Mundial 78: «Hablaba mucho del Papa, me acuerdo. Hacía referencia a una misa, se sentía esa cosa patriótica».

Luis Escobedo se acordaba de Malvinas en cada entretiempo. Ya era jugador de la Primera de Los Andes, después de dejar en el camino los meses posteriores a la guerra en los que estuvo a punto de abandonar, lejos de los entrenamientos. Con los botines puestos, los pies se le hinchaban demasiado. En la guerra, el frío pasó a ser el peor enemigo. Siempre con la mismas medias, casi se le congelan los pies, una situación que no tiene más arreglo que la amputación. «En el club me daban calor, ultra sonido, sentía como puntadas en los dedos, se me dormían los pies. A veces me hacía masajes, otras me sacaba las vendas…», comenta a Goal. Tuvo una larga trayectoria en clubes del Ascenso y Primera (Dock Sud, Colón, Vélez, Temperley). A muy pocos les contó que había estado en las Islas: «Antes, decir ‘excombatiente’ era medio medio. Los pibes lo negaban porque los echaban del trabajo. Con el tiempo, algunos compañeros sí se enteraron pero fue algo que mantuve en privado».

Hugo Robert no puede olvidar la noche del 13 de junio. Como todos los días de la guerra, compartía la piedra que los cobijaba, cerca del Monte Longdon, con su amigo Rolando. «Nos enteramos de que habíamos perdido (el partido, Argentina vs. Bélgica). No le di ni cinco de pelota. No podía… no entraba en mi cabeza que mientras nosotros estábamos ahí, haciendo lo que podíamos, era el sálvese quién pueda, había un Mundial con gente feliz», señala. Y agrega: «Esa noche nos replegamos hasta un lugar donde recibimos la orden de resistir hasta la hora de repliegue. Llegaba la orden de repliegue y retrocedías… yo era un puntero veloz y mantenía un buen pique». Pero Rolando no. Llegó herido al punto de encuentro. Fue trasladado al hospital, donde murió. «Es terrible porque es mi compañero de trinchera… el único soldado herido en combate pero enterrado en el continente, en Mar del Plata. Era de Gimnasia, yo lo había hecho de Gimnasia…».

Cuatro chicos que vieron despedazados sus sueños por una guerra que hoy cumple 36 años. Cuatro pibes que se ilusionaban con jugar en Primera, o con ver a sus equipos campeones como hinchas. Cuatro jóvenes que respiraban pasión, como millones de argentinos. Cuatro soldados que, repletos de miedo o desesperación, percibieron que el fútbol era lo de menos. Cuatro combatientes que le dieron la espalda a la pelota. Cuatro nenes -hombres- que nunca habían disparado un arma. Y sólo querían vivir.