Redacción
Con el tráfico de media mañana en aumento, Yudelis Ferreira sale del albergue para migrantes junto a sus tres hijos pequeños, rumbo a otro día vendiendo paletas en el duro corazón de la capital mexicana. Así ha sido la vida de Ferreira durante meses, después de que los planes de su familia de un futuro en Estados Unidos se vinieran abajo con la llegada del Gobierno de Donald Trump.
Como miles de otros migrantes —en su mayoría latinoamericanos, pero también provenientes de Asia y África— Ferreira y sus hijos se encuentran varados en la ruta migratoria, permanentemente alejados de su objetivo. “Estamos atrapados”, dijo Ferreira, de 29 años, resumiendo dos años de migración desde que salió de Maracaibo, la calurosa ciudad que yace sobre el lago petrolero venezolano con el mismo nombre. “Tenemos que encontrar una manera de generar algún ingreso”.
Unos 5.000 migrantes, en su mayoría de América Latina, están alojados actualmente en 16 albergues de Ciudad de México, o en departamentos y casas particulares en algunos de los vecindarios más pobres de la capital, según Emanuel Herrera, director del albergue Vasco de Quiroga, uno de los cuatro operados por el Gobierno capitalino. Herrera advirtió que las cifras son cambiantes. La decisión de alojarlos en la ciudad forma parte de una estrategia gubernamental para disuadir a los migrantes de acercarse a la frontera y atraerlos hacia el interior, especialmente a la capital, según funcionarios mexicanos en Ciudad Juárez.
El flujo migratorio hacia el norte prácticamente se ha extinguido desde que el entonces presidente Joe Biden endureció las regulaciones en la primavera de 2024, y más aún desde que Donald Trump asumió la presidencia en enero.
Los cruces por el Tapón del Darién —la inhóspita selva que separa a Panamá de Colombia— se han casi detenido por completo. Datos del servicio de migración de Panamá muestran una caída del 98% en los cruces de migrantes este año en comparación con las ya reducidas cifras de 2024. Los encuentros con migrantes en la frontera entre Estados Unidos y México también se han desplomado: se registraron 9.300 en junio, frente a unos 96.000 en diciembre, el último mes completo del mandato de Biden, según estadísticas del Gobierno estadounidense.
Como si estuvieran en pozas de marea frente al mar, miles de migrantes siguen atrapados a lo largo de las rutas en Centroamérica y México. Con hijos pequeños que alimentar y vestir, muchos idean distintos planes para sobrevivir mientras pasan las semanas. Enfrentan largas demoras para encontrar una forma asequible de regresar a sus países o de cruzar una frontera estadounidense cada vez más fortificada. Además, también les cuesta establecerse en los lugares donde han terminado varados.
“Atrapados” en Ciudad de México
El centro Vasco de Quiroga, donde se hospeda la familia de Ferreira, alberga actualmente a unas 330 personas. La mayoría son venezolanos, pero entre los residentes también hay colombianos, africanos occidentales y un puñado de hombres de la India, perdidos en su camino. Todos llevan meses, incluso años, en la ruta migratoria, muchos de ellos haciendo paradas para trabajar y así poder continuar. Se han formado vínculos entre los migrantes. Algunas madres han dado a luz durante el trayecto. Algunas personas han muerto. Pero la fe en un futuro estadounidense nuevo —y quizá mejor— los ha mantenido en movimiento.
Ahora, esos sueños se han hecho polvo. Este albergue —y lo que pueda venir después— es prueba de ello.
“Desde que Trump regresó, hay muchas personas atrapadas en la ciudad”, dijo Herrera, el director del albergue. “Tenían una luz al final del túnel”, dijo sobre la esperanza de los migrantes de llegar a Estados Unidos. “Pero ahora esa luz se ha apagado”.
